GRANADA, LA BELLA
Paseando a solas con Granada, la tarde fluye como una corriente en torno a mis pensamientos. De tiempo en tiempo me reencuentro con La Bella, la escondida. No es frecuente que coincidamos, sólo cuando los dos tenemos la piel en flor de almendro; entonces me coge del brazo y me lleva por su anatomía de aguas ocultas. Entonces una tarde vale por siete vidas con sus siete luces, un instante, un soplo de viento sobre los fresnos del Darro resume la miradas de siete reyes moros y la última, la más acuática de todas, la de Boabdil, “El Zogoibi”, “el Desventurado”. Dichoso sobre el suelo empedrado arrastro su carga silenciosa, bebiendo luces y reclutando sombras desde ángulos imposibles en el tiempo.
En lo profundo del patio de la Alcazaba hay, tengo, una vida verde que late con su pulso de gotera eterna. Si me paro, la escucho dónde quiera que vaya. Sé que ella también me siente los latidos, constantes, invisibles a veces, siempre en busca de la belleza, desesperadamente incansable.
En lo profundo del patio de la Alcazaba hay, tengo, una vida verde que late con su pulso de gotera eterna. Si me paro, la escucho dónde quiera que vaya. Sé que ella también me siente los latidos, constantes, invisibles a veces, siempre en busca de la belleza, desesperadamente incansable.


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